NUESTRA HISTORIA
FiYoWa – una puerta entre dos mundos
Cómo de la búsqueda del propio camino nació un nosotros compartido.
FiYoWa vive a través de las personas que actúan juntas. Esta historia habla de una primera aportación y de nuestro camino compartido. En pie de igualdad. Con responsabilidad propia. Juntos.
Leer la historiaNuestra actitud
El fundador de FiYoWa es una persona como tú y como cualquiera de nosotros. No es un gurú, ni un maestro, ni un profesor, ni un dios. Forma parte del todo en pie de igualdad con los demás. Ni más. Ni menos.
Colocó la primera pieza del rompecabezas en un espacio compartido. Otras personas conectaron con esa aportación y trajeron sus propias piezas. Su pieza está al mismo nivel que todas las demás.
Él no es FiYoWa. FiYoWa no es él.
FiYoWa existe con independencia de él y vive a través de las personas que actúan juntas. Nos acompañamos, compartimos experiencias y aprendemos unos de otros. Cada persona asume la responsabilidad de sus propios actos.
Tú recorres tu propio camino. En tu interior descubres qué te llena y qué es auténtico para ti. Examinas lo que encuentras y tomas tus propias decisiones.
FiYoWa es una puerta entre dos mundos. Nuestra historia cuenta cómo hemos empezado a atravesarla.
La búsqueda del propio camino
Mucho antes de que FiYoWa tuviera un nombre, había una pregunta que no dejaba de acompañar al fundador:
«¿Qué se siente al vivir una vida que de verdad es mía?»
Nos van moldeando mucho antes de que podamos decidir conscientemente sobre ello. Las personas cercanas a nosotros. Las expectativas, las experiencias y las historias que escuchamos sobre nosotros mismos. Aprendemos qué nos hace recibir reconocimiento. Cuándo sentimos que pertenecemos. Qué facetas de nosotros son bienvenidas y cuáles es mejor ocultar.
A veces nos adaptamos durante tanto tiempo que apenas podemos distinguir entre lo que queremos y lo que hemos aprendido a querer.
Su viaje comenzó con el deseo de volver a escuchar con más claridad su propia voz. Se hacía preguntas para las que hasta entonces había habido muy poco espacio: «¿Qué me da alegría? ¿Qué me llena? ¿Con qué actividad pierdo la noción del tiempo? ¿Qué hay en mí que está esperando ser vivido?»
Probó, descartó, volvió a empezar. Paso a paso, fue dando expresión a lo que lo movía por dentro. Su vida fue adquiriendo más de su propio color.
En ese proceso también se encontró con sus heridas, sus dudas y el miedo a no ser suficiente. Aprendió a tratarse con cariño, sobre todo cuando sentía inseguridad o había cometido un error. Ahí encontró el sentido del amor propio incondicional.
Dejó de posponer el amor hacia sí mismo. Se trató con ese amor, en medio de su vida imperfecta.
De ese cariño hacia sí mismo obtuvo una fuerza que por momentos sentía ilimitada. Las viejas heridas pudieron ir sanando poco a poco. Muchas de las cosas que lo habían atado por dentro se hicieron más ligeras.
Encontró un hogar en su propia vida.
Cuando la libertad dejó de ser suficiente
En algún momento se detuvo y pensó: «Ahora sí, lo he conseguido».
Daba forma a su vida según sus propias ideas. Seguía su alegría, hacía realidad sus ideas y vivía una plenitud que había anhelado durante mucho tiempo. Cada vez lograba con más frecuencia dar una forma real a lo que al principio solo existía en su imaginación.
El primer año fue maravilloso. El segundo también.
Pero al cabo de unos cinco años, algo cambió. Lo que antes lo había entusiasmado se volvió familiar. Las nuevas posibilidades perdían su atractivo más deprisa. En medio de su libertad crecía un vacío al que llamó aburrimiento.
Le resultaba difícil admitirlo. Precisamente ahora, cuando tantas cosas se habían vuelto posibles.
En aquella época estaba convencido de que dominaba la vida. Al mirar atrás, reconoció en ello también su ego espiritual: el orgullo por su propia evolución y la certeza de haber comprendido ya todo lo esencial.
Y entonces, en medio de todo aquello, se preguntó:
¿Y ahora?
Cumplir otro deseo no le dio una respuesta. Poco a poco fue comprendiendo hasta qué punto la vida que había creado giraba en torno a él mismo. A su libertad. A lo que había comprendido. A sus posibilidades.
La pregunta cambió:
¿Para quién es todo esto?
La puerta al nosotros
Describió aquel punto de inflexión con una imagen interior personal: Dios aparece a la vuelta de la esquina y se ríe con cariño ante la idea de haber llegado ya al final del camino. Para él, había un mensaje en esa imagen:
Qué bien que hayas llegado hasta aquí. Pero nunca se trató solo de ti.
Esa imagen le planteó una nueva tarea: vivir lo que había comprendido en la convivencia. Escuchar a otras personas. Respetar su autonomía. Asumir responsabilidades y compartir sus propias capacidades.
Para él, la idea de que «somos uno» adquirió un nuevo significado.
En su relato, estaba ante una puerta. Detrás de él quedaban las preguntas conocidas: «¿Qué quiero? ¿Qué me llena? ¿Qué gano yo con esto?» Ante él se extendía un camino en el que las respuestas de otras personas contaban tanto como las suyas.
En esa puerta ponía: FiYoWa.
La atravesó. Paso a paso, aprendió a abrirse a lo que surge entre las personas. A veces volvía a caer en viejos patrones. Entonces lo intentaba de nuevo. Tal como él lo vivía, ese camino se fue haciendo más luminoso.
Con el anhelo de conectar también se hizo más patente su soledad. Lo que lo movía por dentro apenas encontraba espacio en muchas de las conversaciones habituales. Buscaba personas con quienes su alegría, sus preguntas y su inseguridad encontraran un hogar.
También buscó en las religiones y en los caminos espirituales. Pero allí no encontró para sí la comunidad que anhelaba.
En esa búsqueda comprendió cada vez con más claridad que la responsabilidad de su propio camino era suya. Amor y miedo se convirtieron para él en dos palabras a la luz de las cuales examinaba sus actos: «¿Qué está determinando mi decisión ahora mismo? ¿En qué momentos me cierro? ¿En cuáles me acerco a una persona con apertura?»
Su deseo de cambiar el mundo lo llevaba una y otra vez de vuelta a su propio comportamiento.
Tras años de búsqueda, empezó a dar él mismo un espacio a la convivencia que anhelaba. La primera pieza del rompecabezas estaba allí. Otras personas conectaron con esa aportación.
Aquí, un comienzo personal se convirtió en nuestra historia compartida.
El rompecabezas de nuestra singularidad
En esa imagen, cada persona es una pieza de un rompecabezas.
Cada pieza aporta una forma propia. Experiencias, capacidades, preguntas, una manera particular de percibir el mundo. Con cada persona llega algo que antes faltaba.
Muchos pasamos gran parte de nuestra vida comparándonos con los demás. Intentamos cumplir expectativas, ocultamos nuestras particularidades y buscamos un lugar al que podamos adaptarnos lo mejor posible.
En la imagen del rompecabezas, al hacerlo limamos precisamente los bordes que nos permiten conectar unos con otros.
Por eso nuestro camino compartido comienza con una pregunta hecha con cariño: ¿quién eres bajo todas esas expectativas, esas capas de protección y esas historias sobre ti que has aprendido?
¿Qué te hace brillar? ¿Qué haces por alegría? ¿Qué te importa de corazón, aunque nadie te aplauda por ello?
Eso es precisamente lo que representa FiYoWa: Find Your Way. Encuentra tu camino.
Nos apoyamos para conocernos y dar expresión a nuestra propia esencia. Escuchamos, compartimos experiencias y nos damos tiempo unos a otros. Cada persona descubre por sí misma lo que le es propio.
Nadie decide por otra persona qué pieza del rompecabezas es ni cuál es su lugar.
Nuestra vulnerabilidad también forma parte de ello. Las dudas, las preguntas abiertas y los errores tienen un lugar en esta convivencia. La autorrealización sucede en medio de la vida, mientras aprendemos, cambiamos y confiamos más en nuestras capacidades.
Nos encontramos con amor y respetamos la singularidad de cada persona.
Y entonces llega el segundo paso:
Conectamos las piezas del rompecabezas entre sí.
Una capacidad se encuentra con una idea. Una experiencia ayuda a otra persona a seguir adelante. Alguien trae una pregunta y, al reflexionar juntos, se abre una nueva posibilidad.
Cada aportación va cambiando la imagen. Nos pertenece a todos y crece con lo que aporta cada persona.
Para dar ese primer paso no necesitamos riqueza, un estatus especial ni vencer a nadie. Ofrecemos atención, compartimos tiempo y ponemos en práctica nuestras capacidades.
Así, al reconocernos, crece la conexión. Y de esa conexión nace la acción conjunta.
Lo que creamos en WunderWerK
De esa acción conjunta nació WunderWerK.
Hemos creado un espacio en el que vivimos y seguimos desarrollando esta manera de convivir. Las personas aportan lo que las entusiasma, lo que han aprendido y aquello a lo que dan forma.
Damos forma a las ideas. Compartimos conocimientos, pensamos juntos y probamos. A partir de una primera idea desarrollamos proyectos compartidos. En ese proceso aprendemos cómo se complementan nuestras distintas capacidades y qué aporta cada persona para que los proyectos salgan adelante.
Cuando hablamos de la «Matrix», nos referimos a los patrones en los que es fácil perdernos: la comparación constante, la presión por adaptarnos y la sensación de tener que demostrar nuestro valor una y otra vez.
En WunderWerK nos damos espacio unos a otros para relacionarnos de otra manera. Nos tomamos las ideas en serio, respetamos los límites personales y hablamos de lo que necesitamos. Asumimos tareas y responsabilidades, y cambiamos lo que no funciona al trabajar juntos.
Así, de la idea de conexión nace algo tangible.
Creamos estructuras al servicio de las personas que participan en ellas. Cada aportación conserva su propio valor. También escuchar. Reflexionar juntos. El trabajo que casi nadie ve.
Para nosotros, la clave de esta manera de convivir tiene un nombre: amor.
Lo vivimos al escuchar con atención, cumplir lo que prometemos, respetar los límites de otra persona y cuidar aquello que se nos confía.
Así creamos juntos cosas que van más allá de lo que una sola persona puede hacer.
A esos momentos los llamamos milagros.
El amor también da cabida a nuestras diferencias
Nuestra convivencia incluye distintos puntos de vista, necesidades y límites. Aportamos toda nuestra humanidad.
El amor se manifiesta en cómo tratamos esas diferencias. En si respetamos un no. En si reconocemos un error. En si escuchamos, aunque esperásemos una respuesta distinta.
Aprendemos a hacernos responsables de nuestras palabras y decisiones. Expresamos lo que nos hiere y buscamos juntos una manera de tratarnos que respete la dignidad de cada persona.
También en esto recorremos nuestros propios caminos. La conexión deja espacio para convicciones distintas, para la distancia y para nuevas decisiones.
Cada persona sigue siendo libre de formarse su propio juicio, decidir y cambiar su camino.
Cuando hablamos de unidad, nos referimos a una conexión en la que tienen cabida nuestras diferencias. Cada persona aporta su parte. Cada persona sigue aprendiendo.
Cómo vivimos nuestro nuevo mundo
Nuestro nuevo mundo comenzó hace tiempo. Lo vivimos en nuestros encuentros y en lo que hacemos juntos.
Los dos mundos entre los que FiYoWa abre una puerta también los encontramos en nuestro interior: en el miedo a mostrarnos y en el valor de abrirnos a un encuentro. En la comparación habitual y en la alegría por la capacidad de otra persona.
Atravesamos esa puerta una y otra vez. En el día a día. En nuestras decisiones. En la manera de tratarnos.
Así se hace visible el cambio: cuando escuchamos con atención a una persona, compartimos una capacidad o damos forma juntos a una idea. También al bailar. Al reír. En la alegría que vivimos juntos.
Nuestra manera de tratarnos transforma la parte del mundo que realmente tocamos.
Hoy nos acompañamos en este camino. Cada persona aporta sus propias experiencias y preguntas. De nuestros encuentros va naciendo una vida en común.
FiYoWa vive a través de esta convivencia. Su desarrollo depende de lo que aportamos juntos, de las responsabilidades que asumimos y de lo que transmitimos.
La primera pieza del rompecabezas marcó un comienzo. La imagen surge de todos nosotros.
¿Y qué espera en tu interior?
¿Qué hay en ti que lleva mucho tiempo esperando ser vivido?
Una alegría que pospones una y otra vez. Una capacidad en la que hasta ahora confías poco. Una idea que aún nadie conoce.
Dale hoy un pequeño espacio en tu vida.
Retoma algo que te llena. Habla de lo que te mueve por dentro. Acércate a una persona con la atención que tú mismo anhelas recibir.
Y déjale también espacio para su propio camino.
Date tiempo para escuchar tu voz interior. Siente qué nutre tu alma. También cuenta un comienzo discreto.
Nuestra invitación cabe en pocas palabras:
Sigue lo que sientes. Haz lo que te llene de corazón. Y deja que de ahí crezca algo que también haga bien a los demás.
Tu camino te pertenece. Lo que surge entre nosotros lo construimos juntos.
FiYoWa — Find Your Way.
Te damos la bienvenida al nuevo mundo. Qué alegría que estés aquí.
TU CAMINO CONTINÚA
¿Qué te conmueve de esta historia?
Quizá una pregunta. Quizá una idea que retomas. Quédate con lo que tenga sentido para ti. Si te apetece seguir conociendo FiYoWa, aquí encontrarás los tres puentes y una mirada a nuestra convivencia.
Preguntas y respuestas